EL DOMINIO DE UNO MISMO

EL DOMINIO DE UNO MISMO

Dr. Guillermo F. Batarse

            Tanto en los pequeños detalles de la vida cotidiana, como en las horas decisivas, el dominio de uno mismo es de capital importancia.  Saber emprender la tarea a la hora prefijada; acometer resueltamente todo aquello que uno se siente inclinado a eludir; saber reprimir una palabra o un gesto desagradables; ponerse a cubierto de esos eclipses de atención que originan el atolondramiento o la inadvertencia, frecuentemente onerosas y trágicas a veces.

              Dominarse a uno mismo es: observar fielmente un régimen; moderar una tendencia; practicar asiduamente lo que nos gusta y regular el uso de nuestras propias facultades.  Es reaccionar serena y decididamente en circunstancias angustiosas. Es organizarse uno mismo en las peores vicisitudes e infortunios, procurándose toda aquella suma de posibilidades que se requieren para el caso.

              Dominarse uno mismo no es una facultad que pueda improvisarse, sino que se practica por medio de una serie coordenada de indicaciones o preceptos que pueden llegar a darnos el imperio absoluto sobre nosotros mismos.  El hombre incapaz de instaurar en si mismo el predominio rector de facultades discernidoras no ofrece ninguna garantía de estabilidad. Su equilibrio siempre estará a merced de los determinismos internos o externos que desencadenan la imperiosidad de los instintos, los desórdenes pasionales y las ofuscaciones del pensamiento.

             El dominio de uno mismo consiste en regirse, desde todos los puntos de vista, de conformidad con un conjunto de decisiones juiciosamente elaboradas. Los que se esfuerzan por conseguirlo constituyen la excepción.  En último término tenemos la gran masa de incoercibles, para quienes la perspectiva de las más duras sanciones constituye una muy débil barrera contra sus inclinaciones perversas o excesivas.  Incapaces de reaccionar ante sus tendencias malévolas, se vuelven agresivos y antisociales y deprecian su auto estimación hasta los suelos.

             El dominio de uno mismo, en su más pura acepción, comienza al producirse la iniciativa personal, bien sea de contenerse, bien sea de abstenerse, precisamente cuando en el individuo no actúa ninguna otra fuerza sino la de su propio juicio. De tal suerte, el hombre, una vez cumplidas sus obligaciones que le impone el entorno, se impone voluntariamente a un programa que previamente se ha asignado y lleva a cabo un acto consciente sobre si mismo.

            ¿Qué es el poder de la voluntad en relación con el dominio de uno mismo?   Es la aptitud de querer, la aptitud para el ejercicio intelectual, que fortifica.  El esfuerzo deliberado, indiscutiblemente, afirma el poder rector de la voluntad y constituye, en último análisis, el único procedimiento de auto-modificación.  Muestra una avidez inusitada por conocer, por descubrir.

              El dominio perfecto sobre uno mismo contribuye a la ampliación de posibilidades.  ¿Que pretendemos incorporar a nuestra individualidad? ¿En qué medida nos abandonamos al caprichoso vicio de la inercia o a los excesos?  ¿En qué proporción nos sentimos capaces de una abstención voluntaria y sostenida?

              Pensar mejor, obrar mejor y vivir mejor, son otras tantas aspiraciones humanas, únicamente accesibles por medio del dominio sobre uno mismo.  La inatención es el vicio capital. No se puede despertar del largo sueño, si no hay observación, atención definida.  Debemos ejercer la auto vigilancia, plenamente concientes de nuestra vida interior, de los impulsos que experimentamos y los actos que realizamos.  Al principio la auto vigilancia se relaja frecuentemente, ya que la atención voluntaria se agota pronto y pasa a segundo término.

              Pero con el tiempo, quizás las semanas, los eclipses se hacen más raros y llega un día en que de la noche a la mañana, el discernimiento y el pensamiento deliberado, se hallan en plena actividad.  La inatención es siempre una tendencia hacia la pereza, la cual puede ser un sinónimo de inercia, de abandono, de indolencia.  El hábito adquirido de buscar siempre la realización de las cosas, no la facilidad ni el esfuerzo mínimo, equivale a un tónico poderos, que se opone a la negligencia y a la apatía.

              Sin disciplina mental, se puede caer lo mismo en la agresión insensata que en la docilidad abyecta. Con la disciplina intelectual, concebimos el esfuerzo como un medio de acción y no como una pesada restricción, reeducamos primariamente la atención voluntaria y la auto vigilancia que le es consecuente. Así surge la lección inequívoca de que la mente puede modificarse a sí misma y veremos cómo, con el auto-dominio, se convierte en centro rector y discernidor. 

              La confianza en nosotros mismos se robustece a medida que el individuo va precisando la certidumbre de una capacidad de auto-control superior a la media corriente.  Se sigue esta capacidad merced al esfuerzo deliberado.  Los actos del dominio  sobre uno mismo se realizan en la soledad, sin testigos, y libres de toda subordinación imperativa y contribuyen a aumentar ese sentimiento de íntima confianza en las propias aptitudes realizadoras, en las posibilidades de triunfo, en ese triunfo que sigue inmediatamente a toda tentativa bien orientada.

              Con el dominio de uno mismo, viene una lección: en cualquier circunstancia que se nos presente, hemos de mostrarnos irreprochables. Conservaremos la serenidad.  Nunca permitiremos que los extravíos ajenos puedan modificar nuestro ánimo o la mesura de nuestros labios.

              La posesión permanente de serenidad, de expresarnos de modo ponderado, de saber rehusarnos hábilmente y de poder expresar nuestras opiniones, nos dará una seguridad, un dominio con el que no habíamos soñado.

    

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